Esto no es
una fotografía

Angel Mollá (Comisario de esta exposición en la que se hace una reflexión plástica acerca del estatuto actual de la polaroid, así como acerca de la naturaleza de la fotografía y los problemas actuales de la representación de imágenes). 2001



(...)

Flexiones y reflexiones:

Una forma muy distinta de revelar cosas a través de la polaroid (la cámara sin revelado) es el caso de Cristina Gámez y su serie Reflejos de un gesto, a pesar del modo “escenográfico” que tiene de retomar viejas obsesiones: el cuerpo 8y sus articulaciones físicas), la imagen (y sus articulaciones visuales), y, cómo no, la triple articulación de cuerpo, imagen y lenguaje entre sí. Para ello se apoya en su trayectoria anterior y en las teorías sobre Klossowski que desarrolla Deleuze (Lógica del sentido) sobre los cuerpos-lenguaje. Como otros artistas aquí, escenifica con sus polaroid un “teatro de identidades” a su medida:


El cuerpo es lenguaje porque es esencialmente “flexión”. En la reflexión, la flexión corporal queda como desdoblada, escindida, opuesta a sí, reflejada sobre sí; aparece, en fin, por sí misma, liberada de todo lo que ordinariamente la oculta. El cuerpo es capaz de gestos que dan a entender lo contrario de lo que indican...


El cuerpo es lenguaje porque es esencialmente “flexión”. En la reflexión, la flexión corporal queda como desdoblada, escindida, opuesta a sí, reflejada sobre sí; aparece, en fin, por sí misma, liberada de todo lo que ordinariamente la oculta. El cuerpo es capaz de gestos que dan a entender lo contrario de lo que indican...


El escenario polaroid que –literalmente- construye a tal efecto no hace sino redundar, enriqueciéndolas, sus intuiciones de siempre. ¿Sus obsesiones? ¿Por qué no? Entre estas redundancias está el vértigo de la mirada que especula ante el espejo: la flexión y su re-flexión especular, una y otra vez  (una cosa trae la otra). Todo empieza en esa pantalla narcisista donde se radiografían los que bailan con esa mirada que rebota (o penetra) en el espejo y rebota ( o penetra) en la mirada del otro, donde el lenguaje rebota ( o penetra) en el lenguaje del otro y el cuerpo rebota ( o penetra) en el cuerpo del otro: en la pareja de baile, en el interlocutor, en el desconocido, en el espejo, siempre en el otro, incluído ese otro familiar, obsceno y siniestro, que es el propio reflejo (véase si no la obra de Teresa Arozena, con la que comparte el fantasma del cuerpo).


Al fin y al cabo las personas somos espejos unas de otras, decía Hume. También sostenía que la conciencia es un teatro: con memoria, por suerte, pues de lo contrario no tendríamos identidad estable (ya que no seguiríamos ni la trama de nuestra propia historia); ya pasa a veces que no podemos recordar bien si algo lo hemos vivido, imaginado, leído o escuchado a otros. Cristina Gámez parece moverse con desenvoltura en ese teatro de reflejos, siluetas y sombras en que cuerpo e identidad, intercambiando sus papeles, hacen bailar a las ideas, pensar a las imágenes y hablar al cuerpo. Tanto en sus Escenas polaroid de “Encuentros provisionales 2” como en “Mapas de contornos”, Cristina Gámez recurre al viejo recurso barroco del escenario dentro del escenario, decidida –de nuevo- a acabar con aquellas oposiciones metafísicas (tan conocidas). Para ello también retorna a Klossowski y Deleuze:


Mas si el cuerpo es flexión, lo es el lenguaje. Y es preciso un reflexión de las palabras, una reflexión en las palabras, para que aparezca al fin liberado de todo lo que recubre, de todo lo que oculta el carácter flexional de la lengua. En la flexión hay esta doble “transgresión”: del lenguaje por la carne y de la carne por el lenguaje. Si el lenguaje imita a los cuerpos, no lo hace mediante la onomatopeya, sino mediente la flexión. Y si el cuerpo imita al lenguaje, no es por los órganos, sino por las flexiones. También hay toda una pantomima interior al lenguaje, como un discurso, un relato interior al cuerpo. Si los cuerpos hablan es, en primer lugar, porque las palabras imitan a los gestos.


Se trata, en cualquier caso, de liberar de su falsa autonomía tanto al cuerpo-lenguaje (con ese fantasma de unos supuestos deseos de la carne) como el lenguaje-flexión (y ese dudoso privilegio de ser el único ventrílocuo del espíritu). Y es que no hay nada como repetir la flexión para llegar a la reflexión, aunque el único espejo que haya sea el de la conciencia.