Al arte
por Amor

Ramiro Carrillo



La vida en la sociedad contemporánea resulta cada vez más compleja y abstracta; tanto que a veces una mirada a lo ancestral reconforta, “sienta las madres”: permite reconstruirnos, reubicarnos mejor en nuestro espacio. Revisar viejas estrategias de convivencia y de actuación es un ejercicio que, convenientemente alejado de la nostalgia, resulta muy saludable para sostener un cada vez más difícil contacto cabal con la realidad.


Posiblemente, nada haya más ancestral en cuanto a convenios de colaboración que la pareja: dos personas que suman sus esfuerzos en pos de un objetivo común conforman, sin duda, una alianza muy rentable [aunque por desgracia este acuerdo se haya llevado a efecto, demasiadas veces, por medio de la sumisión de una de las partes]. La vida contemporánea, como decía, tiene sus dificultades; y una de ellas es, al menos en las provincias, encontrar interlocutores a la medida de unos referentes sociales y culturales que son cada vez más globales, menos provincianos. Por ello no es de extrañar que una pareja de artistas pueda convertirse en algo más que dos autores que comparten taller y duermen juntos.


Al poco de conocerse, Cristina Gámez y Tahiche Díaz establecieron una relación que, enraizada en el plano afectivo, les ha ido convirtiendo, con el tiempo, en interlocutores plenos, en personas que se construyen mutuamente mediante la conversación y la colaboración artísticas. Un ir y venir desde el uno hacia el otro, con la intimidad como origen de un diálogo fértil. Una relación infrecuente, ciertamente, incluso entre las parejas formadas por artistas. Infrecuente, y también significativa.


Se diría incluso que en ésta, su primera exposición dual, se han dividido las tareas. Mientras C. Gámez estudiaba la arquitectura de la representación, T. Díaz se ha dedicado a llenar de figuras los escenarios vacíos. Excelente colaboración, aunque quizás invisible a los ojos de quien no acostumbre a profundizar en la apariencia de las cosas. Las telas de C. Gámez, por ejemplo, son superficies regulares, grises y neutras, que sólo despliegan su sentido ante quien se toma la molestia en descubrir que han sido tejidas artesanalmente; y es por eso que aluden a una dimensión humana [femenina, de hecho] de la representación, pero también apuntan a la lógica de la imagen digital [obsérvese su trama regular que funciona como un suave pixelado] y, ante todo, se constituyen como el escenario elemental de la pintura: el lienzo virgen. Y en la convergencia de estos elementos, la imagen que ha sido pintada, que no es más que la representación del mismo tejido plegado en nudos, conforma una suerte de Verónica que muestra, precisamente, la verdadera imagen, me refiero a la sencilla y regular trama de la tela que C. Gámez pacientemente ha tejido, y que vemos a través de la delicada transparencia de su pintura.


Y aunque no sean estos cuadros, sí es su lógica la que T. Díaz se ha empeñado en atiborrar de humanidad. A la manera de Greuze, T. Díaz hace esculturas repletas de movimiento [entiéndase “movimiento” como la estela o el trazo que deja una acción]; los personajes que pueblan sus escenarios componen sinfonías de actitudes y pasiones, de tentativas y actos, de voluntades y decisiones. Y también al igual que Greuze, las figuras de T. Díaz están caracterizadas con un detalle casi obsesivo, elaborando precisos retratos, de hecho de personas reales, que aportan a su obra una carnalidad muy especial, tan inusual en el arte contemporáneo que la apariencia de su trabajo parece rondar a veces el kirsch. Sin embargo, sus imágenes se relacionan más bien con la tradición de lo grotesco en Goya o en Ensor; constituyen un conjunto de historias crueles, tiernas, salvajes, risibles; patéticas o épicas. Un retrato de las grandezas y las anomalías del espíritu que habla de la complejidad del alma humana, de sus contradicciones.


El movimiento, el detalle, el grutesco. La obra de T. Díaz es barroca, como lo es, en su rebuscado análisis del lenguaje, el trabajo de C. Gámez. Volvemos entonces a la convergencia entre los dos autores, una convergencia fundada en el amor, y elaborada, a base de conversación, sobre el estudio de las referencias comunes. Pero lo importante de su colaboración no es la mera discusión de aquello que les une, sino que la conexión misma entre su espacio profesional y su intimidad se ha vuelto una referencia útil desde la que observar su trabajo. Más allá de eso, su alianza parece, de hecho, un modelo válido de acción para esta vida  contemporánea [escasa, híbrida, ácidamente sosegada], que nos ha tocado vivir, lejos de las metrópolis.